El gran mariscal de Ayacucho

 
 

Sobre el revuelto y ensangrentado campo de la revolución hispanoamericana, aparece y surge una figura inmaculada que imprime su sello personal de tolerancia y magnanimidad a las pasiones desatadas en la lucha trágica. Es Don Antonio José de Sucre. 
Excepción hecha de la esplendorosa y desbordante personalidad del Libertador, el único que mereció y merece ese nombre, el Superhombre, el Hombre Representativo, el Genio, en suma; ninguno es digno de comparársele como el vencedor de Pichincha Y Ayacucho. Apasionado de un vasto ideal, es el caballero romántico de la más alta empresa y el paladín de la hazaña más asombrosa: dar libertad e independencia a un Continente. Es el corazón que alienta e insufla vida generosa y es el brazo que ejecuta. 

Desde los albores de la independencia, el entonces General Sucre mostró un carácter lleno de firmeza para las adversidades y una clara visión de la realidad. Ante la muerte de sus familiares más queridos y la destrucción de su hogar, permaneció aparentemente tranquilo y en ningún momento de su existencia, aún en medio del triunfo y del poder, demostró sentimientos de venganza y de represalia, que habrían sido legítimos, dada la crueldad y la villanía con que se portaron sus enemigos. 

Encargado por el Libertador de organizar el aprovisionamiento del ejército que debía efectuar la magnífica hazaña de trasmontar los Andes y liberar a Nueva Granada, contribuyó con su previsión, su talento de organizador y su actividad a la victoria de Boyacá que dio fin al poderío español es esa región del Nuevo Mundo. Puesto a la cabeza del ejército expedicionario al Ecuador, se reveló como su ejemplar jefe de tropas. Gracias al valor sereno y a la excelente conducción del avisado guerrero, se ganó la batalla de Bomboná; y las banderas de la libertad coronaron las añtas cúspides del Chimborazo. Entonces, una nueva patria sudamericana nació a la vida- Ecuador. 

Brazo poderoso del cerebro genial de Simón Bolívar, el general Sucre se reveló ante el asombro de patriotas y españoles como el mejor estratega de toda esa larga campaña. La batalla de Ayacucho, obra maestra de la estrategia, consumó la verdadera independencia de dos pueblos, el Bajo y el Alto Perú. 

Ascendido al más alto grado militar en virtud de sus servicios que ningún otro hombre ha prestado en América, ungido por el voto unánime de un pueblo nuevo como su presidente vitalicio, el Gran Mariscal muestra su moderación constante, sus escrúpulos de varón digno, su delicadeza. En el poder, es siempre el gran señor y el hidalgo, aunque gobierna sin debilidades y sin inútiles violencias. Afable, cortés, generoso, es el prototipo del caballero. Su desinterés y su nobleza no tienen parangón en el profuso historial de los hombres más ilustres de este Continente. Cuando percibe que la desleal política mestiza y las multitudes ignorantes y veleidosas se revuelven en contra suya, aleccionadas y movidas por demagogos y canallas, tiene un gesto de desprendimiento: renuncia inmediatamente y en forma irrevocable al Poder, que él no había solicitado ni deseado. La ingratitud y la traición rompieron el brazo del glorioso guerrero, ese mismo brazo que había sostenido, radiosa y sin mancha, la espada de Ayacucho y, durante quince años de cruentos sacrificios, la causa de la libertad de Hispanoamérica. 

Pocos años más tarde, el noble, el gentilhombre sin miedo y sin tacha, más grande, más puro, más ilustre que Bayardo, caía infamemente asesinado por execrables bandidos que, con ese crimen alevoso y salvaje, han marcado para siempre con un sello de ignominia el alma y la raza de Indoamérica. 

En el curso de toda su vida, su resplandeciente vida, el Gran Mariscal ha sido un sembrador de ejemplos. Poseedor de los dones y virtudes más excelsos que el Cielo puede conceder a un ser humano, ha dejado a los pueblos que libertó con su saber, su valor y su esfuerzo, grandes y elevadas lecciones de interés, de amor al prójimo, de tolerancia para el adversario, de perdón cristiano para el enemigo, de acrisolada virtud en el cumplimiento de sus deberes como ciudadano, como soldado y como gobernante. 

De su estructura corporal, de lo que adelantó y dio vigor incomparable a esa existencia, no queda nada, ni el polvo sagrado del gran Estadista y Guerrero. Sólo queda para todos los hombres que estudien esa vida luminosa y quieran imitar, aunque sea muy pálida y débilmente, esa conducta preclara; la profunda espiritualidad que inspiró todos sus actos, el nobilísimo don de gentes y la devoción al deber y honor. 

Los ciudadanos de Bolivia, unidos estrechamente en nombre de la Patria que el Prócer creó, organizó y dejó libre y soberana, deben tener como el más puro y elevado símbolo de su nacionalidad, como la gloria más sublime de que pueden enorgullecerse, el nombre y la historia del Varón insigne, Sucre, el Gran Mariscal de Ayacucho, fue la conciencia de su época. 

¡Ser dignos de ella, es seguir forjando una Patria grande!
   
  El autor de este artículo es Antonio José de Saínz, poeta y escritor que nació en Potosí el 4 de abril de 1894 y murió en la ciudad de Lima, Perú el 18 de octubre de 1959
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